Hay municipios que compiten por atraer inversiones. Otros buscan fortalecer la educación, impulsar el turismo o generar oportunidades para los jóvenes. Y luego está Santiago de Anaya, donde aparentemente alguien concluyó que el camino hacia el desarrollo pasa por descubrir quién puede beber más alcohol sin caer de la silla.
No es una sátira. No es un meme. No es una escena eliminada de una comedia mexicana.
Es una actividad anunciada como parte de una fiesta patronal: un “Concurso de Borrachos” con premios en efectivo para quienes demuestren mayor resistencia etílica.
La pregunta inevitable no es quién ganará el concurso. La pregunta es quién pensó que era una buena idea.
Durante años, gobiernos federales, estatales y municipales han invertido recursos públicos en campañas para prevenir adicciones, accidentes viales y violencia relacionada con el consumo excesivo de alcohol. Instituciones de salud advierten constantemente sobre los riesgos del alcoholismo.
Organizaciones civiles trabajan para rescatar jóvenes atrapados por las adicciones. Médicos, psicólogos y trabajadores sociales enfrentan diariamente las consecuencias de un problema que destruye familias enteras.
Pero en Santiago de Anaya parece haberse encontrado una estrategia innovadora: convertir el problema en entretenimiento.
La lógica es fascinante. Si existe obesidad, organicemos un campeonato de quién come más tacos en una hora. Si hay contaminación, premiemos al vehículo que produzca más humo.
Si preocupa la inseguridad vial, hagamos una carrera de conductores sin frenos. El absurdo resulta evidente cuando se cambia el tema, pero curiosamente desaparece cuando el protagonista es el alcohol.
Quizá porque en México existe una peligrosa costumbre de romantizar la embriaguez.
Al borracho se le convierte en personaje folclórico. Al exceso se le llama tradición. A la dependencia se le disfraza de alegría. Y a las consecuencias se les ignora hasta que llegan en forma de accidente, enfermedad o tragedia familiar.
Lo más preocupante no es el concurso en sí mismo. Lo preocupante es el mensaje institucional que transmite.
Cuando una autoridad permite, promueve o tolera actividades de esta naturaleza, envía una señal clara: el abuso del alcohol no es un problema de salud pública; es motivo de celebración.
Y eso ocurre en un estado donde el consumo excesivo de bebidas alcohólicas sigue siendo una de las principales causas asociadas a accidentes, violencia y enfermedades prevenibles.
Los defensores del evento argumentarán que se trata de una tradición, que la gente es libre de participar y que nadie está obligado a beber.
Son argumentos válidos hasta cierto punto. Sin embargo, las tradiciones también evolucionan.
Hubo épocas en que muchas prácticas hoy impensables eran consideradas normales. La antigüedad de una costumbre no la convierte automáticamente en positiva.
La verdadera discusión no debería centrarse en prohibir una fiesta patronal ni en satanizar a quienes consumen alcohol de manera responsable.
El debate es mucho más sencillo: ¿debe una comunidad convertir una conducta de riesgo en espectáculo público y además premiarla?
Porque mientras algunos celebran la ocurrencia con risas y emojis en redes sociales, existen madres esperando que sus hijos regresen seguros a casa.
Existen familias enfrentando problemas de adicción. Existen hospitales atendiendo lesiones relacionadas con el alcohol. Existen víctimas de conductores ebrios que probablemente no encuentren nada divertido en la convocatoria.
Tal vez el problema no sea el concurso.
Tal vez el problema sea que hemos normalizado tanto el alcoholismo que ya ni siquiera somos capaces de distinguir cuándo la broma dejó de ser graciosa.
Y cuando una sociedad comienza a entregar premios por el exceso mientras guarda silencio frente a sus consecuencias, el verdadero ganador no es el concursante que más aguanta.
Es el problema que fingimos no ver









