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Arcángela Ortiz: 20 años de ayuda para familias en hospitales

Por Carlos Sevilla

Para algunas familias, acompañar a un hijo durante un tratamiento médico también significa pasar horas o incluso días sin comer. Esa realidad llevó hace dos décadas a un grupo de ocho vecinos a organizarse para llevar cenas gratuitas a quienes permanecen en hospitales de Hidalgo.

La historia comenzó cuando un vecino enfermó de leucemia. Una trabajadora social les explicó entonces que muchas familias llegaban desde comunidades de la sierra y enfrentaban una decisión difícil: comprar medicamentos, pagar un albergue o conseguir alimentos.

Arcángela Ortiz Ramírez fue una de las personas que decidió involucrarse. Junto con integrantes de un grupo de la iglesia y vecinos comenzaron a reunir alimentos y, desde entonces, cada martes llevan cenas a las familias.

“Esto así nació. Hablamos con el grupo de la iglesia, nos unimos y toda la gente empezó a cooperar”, recuerda.

El apoyo se sostiene con aportaciones de los propios integrantes. Son ocho vecinos que se organizan para comprar y preparar los alimentos. Algunos aportan café, té, atole, tortas, pan de dulce o agua.

También llevan agua embotellada para que los pacientes puedan tomar sus medicamentos, pues algunas familias utilizan agua de la llave ante la falta de recursos.

Hubo jornadas de hasta 90 comidas

Antes de la pandemia, el grupo llegó a preparar entre 80 y 90 comidas por jornada. Acudían jueves y viernes para entregar comida corrida y mantenían las cenas de los martes.

Después de la pandemia y con los cambios en las condiciones de acceso a los hospitales, redujeron la actividad y actualmente mantienen principalmente las entregas de cada martes.

Durante estos 20 años, también han visto crecer a niños que conocieron mientras recibían tratamiento. Algunos padecen cáncer o insuficiencia renal y ahora son adolescentes.

“Ya los conocemos desde bien chiquitos y ahorita ya son adolescentes, pero saben que venimos y la gente sale”, cuenta Arcángela.

“No van a tener para mañana”

La necesidad que encuentran con mayor frecuencia no es complicada de explicar: las familias necesitan comida.

Hay quienes les piden una o dos tortas adicionales para guardarlas porque saben que al día siguiente no tendrán dinero para comprar alimentos. Cuando pueden, los integrantes del grupo les entregan lo que solicitan.

Pero algunas historias han sido mucho más duras.

Arcángela recuerda a mujeres que llegaron después de pasar dos o tres días sin comer. En esos casos, tuvieron que entregarles los alimentos poco a poco, debido a que comer de golpe podía hacerles daño.

“Eso nos marcó y decimos: no podemos dejar de venir”, relata.

Han buscado donaciones, pero también encontraron puertas cerradas

Para mantener el apoyo, los vecinos también han buscado acuerdos con comercios. Han acudido a establecimientos como Aurrerá y Chedraui para preguntar si podían comprar a menor precio el pan del día anterior.

La respuesta, aseguran, fue que esos productos se desechan.

Ante la falta de alternativas, el grupo decidió continuar comprando los alimentos por su cuenta. Cada integrante aporta de su bolsillo y así mantienen una labor que comenzó hace 20 años por una petición sencilla de una trabajadora social.

Desde entonces, cada martes repiten el mismo ritual: preparar, trasladar y repartir comida. No buscan sustituir la ayuda institucional ni resolver la situación económica de las familias, sino aliviar, aunque sea por una noche, una de las necesidades más básicas de quienes pasan sus días acompañando a un paciente: tener algo que comer.

Con información de Moisés Mendez.

Fotos: Ángel Teissier

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