El regreso a clases del ciclo 2026-2027 no era una fecha desconocida. Estaba en el calendario, era ampliamente anunciado y cualquiera podía anticipar lo que ocurriría: miles de estudiantes regresando a las aulas, padres llevando a sus hijos, trabajadores retomando horarios habituales y, para rematar, obras que mantienen reducidos o complicados distintos puntos de circulación.
El resultado: Pachuca convertida en un enorme estacionamiento.
Aquí es donde la responsabilidad deja de ser del automovilista y comienza a tocar la puerta de las autoridades.
La ciudadanía no puede ser quien pague las consecuencias de una falta de previsión.
¿Dónde estaba el operativo especial de Tránsito y Vialidad municipal?
¿Dónde estaba la coordinación con las autoridades estatales?
¿Se diseñaron rutas alternas?
¿Se reforzó la presencia de agentes en los principales accesos?
¿Se revisaron los tiempos de los semáforos?
¿Se informó con anticipación a los automovilistas sobre los puntos conflictivos?
Si existió una estrategia, este lunes no quedó precisamente a la vista.
En Pachuca parece haberse vuelto costumbre una curiosa manera de gobernar la movilidad:
Esperar a que el problema explote para después intentar apagarlo.
Pero el tráfico no se resuelve con buenas intenciones.
Se resuelve con planeación, inteligencia vial, coordinación institucional y presencia operativa.
El Bulevar Felipe Ángeles volvió a demostrarlo.
Filas interminables, circulación a vuelta de rueda y ciudadanos desesperados forman parte ya del paisaje cotidiano de una capital que crece, pero cuya movilidad no parece crecer al mismo ritmo.
Y aquí viene lo verdaderamente preocupante:
Si las autoridades no pudieron prevenir el congestionamiento de un regreso a clases que estaba perfectamente calendarizado, ¿qué ocurrirá cuando lleguen los días de lluvia intensa, accidentes, manifestaciones, eventos masivos o nuevas obras?
Pachuca no puede depender de la suerte para que sus vialidades funcionen.
Tampoco puede seguirse responsabilizando únicamente al ciudadano por salir al mismo tiempo, cuando precisamente los horarios escolares y laborales son conocidos y previsibles.








