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Que nadie se atreva a despertar a todo un país que está soñando

Hay partidos que duran 90 minutos.

Y hay partidos que se esperan toda una vida.

Hoy, cuando el árbitro marque el inicio, no solo comenzará un encuentro de fútbol. Comenzará un examen de carácter, de orgullo y de identidad.

Del otro lado estará Inglaterra. Una selección acostumbrada a las grandes citas, con jugadores de talla mundial y el peso de ser favorita.

Del lado mexicano habrá algo diferente.

Habrá un escudo que representa a más de 130 millones de personas. Habrá futbolistas que saben que cada carrera, cada barrida y cada gol pueden convertirse en un recuerdo imborrable para un país entero.

En el fútbol no siempre gana el que tiene más dinero, más reflectores o más estrellas. Un ejemplo claro es la selección de Cabo Verde.

Muchas veces gana el que se niega a rendirse.

Hoy, México tiene una cita con la historia. No para demostrarle nada al mundo, sino para recordarse a sí mismo de qué está hecho cuando enfrenta los retos más grandes.

Quizá al final del partido haya lágrimas.

Ojalá sean de alegría.

Porque una victoria no solo significaría avanzar de ronda.

Significaría regalarle al país una de esas noches que se cuentan de generación en generación; una de esas en las que nadie quiere irse a dormir porque la felicidad no cabe en las calles.

Miles y miles de niños imaginarán el gol del triunfo antes de cerrar los ojos. Miles de familias se reunirán frente al televisor. Millones de corazones latirán al mismo tiempo.

Eso es el fútbol.

La capacidad de unir a todo un país detrás de un mismo sueño.

Hoy no hay imposibles.

Hay 90 minutos para desafiar la historia.

Y si México decide jugar con el corazón, con valentía y sin miedo, entonces cualquier cosa puede pasar.

Porque las hazañas no las escriben los favoritos.

Las escriben los valientes.

¡Vamos, México! Hoy no juega una selección.

Hoy juega el orgullo de una nación. Que ruede el balón y que la historia se pinte de verde, blanco y rojo. ¡Sí se puede!